24/09/2020

Información de actualidad de Granada

¿Alfabetización o bien ignorancia ambiental?

Indican las estadísticas del pasado siglo que, al comienzo de la guerra civil, en torno a un cuarto de la población de España era iletrada. En nuestros días esa palabra resulta prácticamente testimonial, calculándose que solo es aplicable al 1,7 por ciento de nuestros paisanos. En verdad, progresivamente el término opuesto, o sea, el alfabetismo se ha ido aplicando a otros desafíos en consonancia con la sociedad en que vivimos. Tal vez el más conocido es el aplicado a las TIC, refiriéndonos entonces a la necesaria alfabetización digital; de esta manera, la pandemia Covid-19 que nos prosigue atenazando ha puesto a prueba esa demanda en situaciones como el trabajo a distancia, la enseñanza virtual o bien las gestiones on line.

Pero no es a esa alfabetización a la que me referiré, sino más bien a la que pone título a este artículo. Volviendo sobre la Covid-19, si bien han proliferado ciertas referencias a sus causas y consecuencias ambientales, sus secuelas asimismo han dañado gravemente la urgente agenda ambiental que debiese tener planteada la humanidad, la ha apartado a un segundo plano a favor de la salud humana y la economía. Es más, hemos reculado en temas como el “utilizar y tirar”, de esta forma guantes y mascarillas campan por todas partes. Lo que queda claro a mí comprender es que para calibrar los gravísimos inconvenientes ambientales que nos atenazan, la primera cosa que se precisa es conocer, si bien sea a rasgos generales, sus causas, consecuencias y opciones alternativas. Alan Peacock asevera que “ser una persona eco-alfabetizada significa entender de qué manera están organizados los ecosistemas y vivir conforme estos principios”. Tal vez suene algo utópico mas asimismo podemos querer grados de alfabetización ambiental, como con el dominio de la lengua.

¿Podríamos contestar entonces a el interrogante del título?, ¿nos consideramos iletrados o bien alfabetos ambientales?, y si es lo primero, ¿a quién o bien quiénes culpar? Resulta obvio que, pese a diferentes ideas legislativas durante décadas, la educación formal ha sido inútil, salvo honrosas salvedades, de alfabetizar ambientalmente a nuestra población. Exactamente, para procurar mudar ese statu quo se ha acuñado el término de “ambientalización curricular”, esto es, la integración de conceptos, procedimientos y actitudes (o bien competencias en un sentido extenso) precisos para comprender los inconvenientes ambientales. Solo el grado universitario de Ciencias Ambientales puede cubrir esa función (si bien no todos ofertan materias de Educación Ambiental), asimismo ciertas materias optativas en otros grados y el Máster de Educación Ambiental en el caso de Andalucía. Pobre cómputo. Sin embargo, debemos reconocer ciertos finales sacrificios por la parte de las universidades para revertir esta situación, si bien los obstáculos no son pocos.

Entonces, ¿a través de qué canales adquieren información ambiental los ciudadanos? Esencialmente 3, los medios, los equipamientos ambientales y las asociaciones ecologistas. A los primeros y sus deficiencias ya me referí en esta sección hace ya tiempo, los segundos englobarían infraestructuras como granjas-escuela, centros de interpretación, salas de naturaleza o bien museos, que acostumbran a cumplir correctamente con su misión informativa y concienciadora. Las asociaciones ecologistas combinan tareas de demanda, preparación de informes, campañas de sensibilización y activismo, lo que las hace indispensables como contrapoder a las ansias predadoras de determinadas instituciones y empresas.

Un modo de empezar a los estudiantes en la alfabetización ambiental es hacer con ellos un recuento anterior de las actividades rutinarias, su impacto ambiental y las opciones alternativas de que disponemos. Semejantes actividades podrían organizarse en torno a nuestras costumbres, desde el instante en que nos levantamos hasta el momento en que nos acostamos. De este modo se marchan sucediendo el consumo de agua (huella hídrica) en el baño, con opciones alternativas como la ducha breve y el aprovechamiento del agua fría a través de un cubo, la descarga parcial de la cisterna, los aireadores para los grifos…; la movilidad, preferible andando, en bici, en transporte público o bien en vehículo compartido; la alimentación, recomendando productos frescos, de cercanía, ecológicos, reduciendo el consumo de carnes rojas, no tirando a la basura el alimento excedente, utilizando de modo eficaz la refrigeración de los comestibles y su forma de cocinarlos; la colada, llenando la lavadora, preferentemente con agua fría, sin suavizante, eludiendo la secadora; limpieza del hogar, usando productos alternativos como el limón o bien el vinagre, prescindiendo de tóxicos como la lejía o bien el aguafuerte; la climatización y la iluminación, con aprovechamiento de la luz natural, el preciso aislamiento de la residencia, la ventilación, el empleo de la energía solar y la biomasa, el de bombillas de led o bien la desconexión de los pilotos de encendido; el consumismo, con serias consecuencias como el plegarse a la moda, los embalajes superfluos, el no proseguir la regla de las 4 R o bien el ignorar el costo social y ambiental de las materias primas usadas en todos y cada producto.

Una actividad complementaria que resulta útil a fin de que los estudiantes entiendan este último punto es proponerles que averigüen sobre la trazabilidad de un producto que escojan libremente. El empleo de internet les servirá entonces para calibrar lo que implica comprarse una camiseta de algodón en rebajas: cultivo del algodón (consumo de agua, pesticidas y fertilizantes, recolección mecánica), transporte a la factoría para su procesamiento, en general alejadísima del sitio de cultivo (huella de carbono), consumo eléctrico en su confección y empleo de tintes artificiales (la industria textil es la segunda industria más contaminante del planeta), habitualmente con explotación infantil en talleres con escasa higiene, embalado y envío a países distantes miles y miles de quilómetros (nueva huella de carbono).

Si fuésemos capaces de lograr que los ciudadanos mediten sobre el profundo significado de sus acciones rutinarias en la salud del planeta, podríamos aseverar que esta segunda alfabetización está en marcha.